El
colega salvaje del gato doméstico tiene un territorio
muy
grande y los machos llegan a patrullar hasta 80
hectáreas.
Los gatos domésticos asilvestrados viven en
zonas
alejadas donde existe un espacio ¡limitado de un área
impresionantemente
grande. Los típicos gatos de granja
disponen
también de mucho espacio y los machos recorren
hasta
65 hectáreas. Las gatas de granja son más modestas,
sólo
tienen de promedio unas 6 hectáreas. En las ciudades,
pueblos
y suburbios, la población gatuna llega a la
superpoblación,
lo mismo que las personas. Los territorios
de los
gatos callejeros se reducen a una simple fracción del
radio
del hogar disfrutado por sus primos del campo. Se
estima
que los gatos que viven, por ejemplo, en Londres
disfrutan
de un espacio no superior a dos mil metros
cuadrados.
Los gatos domésticos mimados que habitan en
las
casas de sus dueños pueden estar aún más restringidos,
dependen
del tamaño de los jardines contiguos a las
viviendas.
La densidad máxima registrada es de un gato
doméstico
por cada seiscientos metros cuadrados.
Este
grado de variación en el tamaño de los territorios
felinos
muestra lo flexible que puede llegar a ser el gato,
que al
igual que las personas, se adapta, aunque tenga que
encogerse,
a sólo su hogar, sin sufrir por ello más de lo
debido.
Según las cifras que hemos dado, resulta fácil
calcular
que 8.750 apretujados gatos domésticos cabrían en
el
territorio de un solo gato salvaje. El hecho de que la vida
social
de los gatos amontonados no se convierta en algo
caótico
y pervertido, constituye un testimonio de la
tolerancia
social de los gatos. En cierto modo esto nos
sorprende,
porque la gente habla de la sociabilidad de los
perros,
y hace constar que los gatos son mucho más
solitarios
e insociables. No lo han elegido pero, ante el
desafío
de tener que vivir unos gatos con otros, cola contra
cola,
se las arreglan bastante bien.
Consiguen
este éxito dentro de tan alta densidad de
varias
formas. El factor más importante es la provisión de
alimento
por parte de sus dueños, lo que elimina la
necesidad
de largas cacerías diarias. Quizá no elimine el
ansia
de emprender tales periplos, pero reduce la osadía
que
nace de un estómago vacío. Aunque invadan territorios
vecinos,
pueden dejar la caza sin morirse de hambre. El
restringir
sus cacerías al atestado radio de acción de sus
hogares
les hará ineficientes para la caza, lo que puede ser
frustrante,
pero no pasa hambre ni por eso tiene que
enfrentarse
a la muerte. Se ha demostrado que, cuantos
más
alimentos les suministran sus dueños, más pequeños
se
hacen sus territorios urbanos.
Otro
factor que les ayuda es la forma en que los amos
señalan
sus territorios (con vallas, arbustos y muros para
delimitar
sus jardines). Todo ello les proporciona líneas
fronterizas
naturales que resultan sencillas de reconocer y
defender.
Además, también pueden esconderse dentro de
sus
territorios. Las hembras suelen tener en sus hogares
varios
sitios donde se esconden y donde pueden encontrarse
en
terreno neutral. Los machos - cuyos territorios son
siempre
diez veces mayores que los de las hembras - se
esconden
mucho menos. Cada macho deambula por un área
que
incluye varios territorios de las hembras, permitiéndole
observar
permanentemente qué reina (hembra) se
encuentra
en celo en cualquier momento dado.
Se
permite este apartamiento porque, por lo general, los
gatos
se evitan mutuamente mientras patrullan por los
mojones
de su territorio. Si, por casualidad, dos de ellos se
topan,
se amenazarán uno al otro o, quizá siga cada cual su
camino,
pero observándose en sus movimientos y
aguardando
su turno para visitar la zona particular del otro.
El
número de gatos domésticos, naturalmente, es
controlado
por sus propietarios, con el castrado de adultos,
la
destrucción de las camadas no deseadas y la venta o el
abandono
de los gatitos de más. Pero, ¿cómo las
distribuciones
territoriales de los gatos salvajes se
mantienen
a pesar de su mucha descendencia? Un estudio
detallado
que se hizo de los gatos que vivían en los
malecones
de un gran puerto, en un área de 100 hectáreas,
nos
dice que había noventa y cinco gatos. Cada año nacían
un
total de 400 gatitos. Se trata de unas cifras elevadas, de
unos
diez por hembra, lo cual significa un promedio de dos
camadas
por cada reina. En teoría, esto significaría que la
población
se cuadruplicase cada año. Pero se observó que la
población
permanecía estable de un año a otro. Los gatos
habían
establecido un tamaño apropiado de territorio para
aquel
mundo salvaje en los malecones donde vivían, y se
habían
limitado a mantenerlo. Investigaciones más a fondo
revelaron
que sólo uno de cada ocho gatitos sobrevivía
hasta
convertirse en adulto. Esos cincuenta gatos de más a
la
población cada año se veían compensados por las
cincuenta
defunciones de los gatos más viejos. Aquí, la
causa
principal de las muertes (lo mismo que en las
poblaciones
urbanas de gatos) eran los fatales accidentes de
circulación.
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