Esta
acción se toma siempre cómo indicativa de la
extrema
pulcritud del gato. A los dueños de perros con
frecuencia
les refriegan este hecho los propietarios de gatos,
insistiendo
en la superioridad de los felinos sobre los
cánidos.
Sin embargo, calificar como señal de higiene el
enterrar
las heces no se sostiene tras una investigación a
fondo.
La
verdad es que los gatos entierran sus heces para
evitar
que se propague su olor. Enterrar las heces es el acto
de un
gato subordinado, temeroso de su posición social. Se
han
encontrado las pruebas al examinar de cerca el
comportamiento
social de los gatos salvajes. Se ha
descubierto
que los gatos dominantes, lejos de enterrar sus
heces,
las colocan en un altozano “como anuncio”, o en
cualquier
otro punto elevado dentro de su medio ambiente
donde
el olor sea aventado para producir el máximo efecto.
Sólo
los gatos más débiles y los más sumisos son los que
ocultan
sus heces. El hecho de que nuestros gatos
domésticos
parezca que siempre cumplen con semejante
rutina,
nos da una idea de la medida en que se ven a sí
mismos
dominados por nosotros (y también, tal vez, por los
otros
gatos de la vecindad). Esto no resulta sorprendente.
Físicamente
somos más fuertes que ellos, y dominamos por
completo
lo más importante en la vida de los felinos: el
suministro
de alimentos. Nuestro dominio arranca de su
estadio
de gatito, siguió en adelante y nunca se ha puesto
seriamente
en duda. Incluso los grandes felinos, como los
leones,
pueden mantenerse en este rol subordinado durante
toda la
vida, por parte de sus amistosos dueños, por lo que
no
resulta nada sorprendente que el gato doméstico esté
permanentemente
temeroso de nosotros y, por lo tanto, se
asegure
siempre de enterrar sus heces.
Naturalmente,
el enterrar las heces no elimina por
completo
la señal de olor, pero la reduce sobremanera. De
esta
forma, el gato puede continuar anunciando su
presencia
a través de sus olores, pero no con tanta
intensidad
que llegue a suponer una seria amenaza.

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